Tesoros en la roca

25-02-2008

Tesoros en la roca
Se dedica al peligroso oficio de arrebatar percebes al Cantábrico, pero le preocupan más las pocas facilidades legales para pescar más especies

Muy temprano, aún en la oscuridad si las mareas propicias coinciden con la madrugada, los perceberos de Puerto de Vega ponen en marcha sus planeadoras para arrebatar a los acantilados su sabroso medio de vida. Pequeño y artesanal, pero muy activo, el puerto pesquero de Navia disfruta de su reputación como proveedor de marisco. A su lonja acuden a diario hosteleros y restauradores gallegos en busca de productos que no encuentran en sus propias rías. Ese prestigio la ha convertido en el principal mercado del percebe en Asturias. Vendedores de Cudillero, de Candás, e incluso de la lejana Ribadesella, emprenden varias veces a la semana la ruta del Occidente para aprovisionarse.

Al mediodía de una jornada laborable, alrededor de los viejos amarres coinciden pescadores en activo y jubilados, los obreros que trabajan en las reformas de la sede de la cofradía y los empleados de los almacenes. Entre quienes bromean y trabajan, limpia su cosecha del día Julio César Uña, a quienes sus compañeros presentan como uno de los mejores en la recogida del percebe. Para tener éxito en esa actividad, resulta necesaria una mezcla de suerte, intuición para dirigirse a las mejores zonas, trucos aprendidos con la experiencia y un valor blindado contra las marejadas más hoscas del Cantábrico. Uña aún no ha estrenado la treintena, pero ya acumula como condecoraciones en su cuerpo las secuelas de un oficio en el que la seguridad laboral resulta una quimera. Vive con fisuras en tres costillas, un gaje del oficio, pero la mañana más angustiosa fue una de su primer año en la lancha, cuando sólo la ayuda de un helicóptero le permitió salir intacto de un mal paso. De esa mala experiencia le queda el orgullo de no haber abandonado a un compañero al que ayudó a rescatar de una trampa de espuma y roca.

Los perceberos toman muchos riesgos. «A veces me tiemblan las piernas, pero yo soy mi propia empresa. Si un día no salgo, no hay jornal. Algunos días nos vamos cuando las barcas grandes están amarradas, pero cuando hay mucha mar sé dónde buscar. Cuanto más te metes, mejor producto sacas», señala. Uña vende y vive en Puerto de Vega, pero faena un poco más al Este. Su licencia sólo le permite la pesca en la zona marítima de Oviñana, en el concejo de Cudillero. Mientras dura la temporada, entre octubre y abril -salvo los festivos y los fines de semana, cuando la actividad está prohibida- conduce a diario hasta su planeadora, enciende el motor y cruza hasta los alrededores del cabo Vidío. «Los conozco ya como la palma de la mano», admite.

Los altos precios del percebe incitan a aventurarse entre las peores olas en busca de recompensas. Sin embargo, no garantizan una vida regalada en tierra. La cotización sube en octubre, al levantarse la veda, y antes de Nochebuena, pero después baja. Los gastos, por el contrario, permanecen: las barcas, el combustible, la cotización a la Seguridad Social. Por eso, le gustaría que de las elecciones saliera un sistema de permisos menos estricto. También tiene permiso para la angula y pasa los veranos enrolado en algún barco, persiguiendo el rodaballo o la lubina para redondear los ingresos.

Ya han pasado trece años desde que decidió cómo iba a ganarse la vida, y no se arrepiente de competir con otros 300 pescadores con licencia por su botín de carne delicada. Le gusta la vida al aire libre y trabajar en la mar en los días tranquilos, pero no le obliguen a comerse los percebes. Tantos años de esfuerzo y fatiga le han vacunado contra su gusto. «No me da más por ellos», confiesa. Trabajar duro confiere valentía y frugalidad.

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